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POEMURALISMO

LA FIESTA INNOMBRABLE
Jorge Solís Arenazas
Texto leído el 20 de septiembre de 2004 en el auditorio del IPN, con motivo de la presentación del libro

"Morada del Colibrí”

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Hace un par de años preparé un ensayo algo extenso, si bien apenas enunciativo, sobre la obra de Roberto López Moreno. Al comentarlo, Adolfo Castañón me planteó una pregunta que puede desconcertar a quien se fíe de su aparente sencillez. La referida inquisición podría reducirse más o menos a lo siguiente: "¿Dónde está la dimensión más personal e íntima que un lector puede encontrar en Roberto López Moreno, aquella que podría acompañar las reflexiones críticas sobre una obra vasta no sólo en títulos y años, si no también en experiencias, sorpresas y encuentros?”.

Para quien conoce la obra de este crítico, la interrogación no puede ser inocente. Admitir que a través de ella late, por lo menos, la semilla de una toma de postura es algo que resulta obvio incluso para los lectores que, como yo, tratan de hacer de la ingenuidad un camino. Al iniciar este texto vuelvo a la pregunta de Castañón con la esperanza de que se cumpla otra toma de postura de parte mía. A lo primero que me veo obligado, entonces, es a interrogar la palabra: "Amistad”. Primero, porque al dar un sentido más puro a las palabras de la tribu, el poeta chiapaneco ha encontrado que no hay metáfora sin amistad, y que los ensalmos de esta experiencia pueden traducirse en una Poética. En efecto, la amistad no queda en el trato diario con su persona, lo que ya sería de por sí significativo. Su caso llega hasta el núcleo de su obra; puede constatarlo quien acuda a sus páginas y encuentre que éstas son una convocatoria para habitarlas, no debido a una torpe facilidad, sino por la disposición hospitalaria que encierran. Trataré de volver sobre esto último más adelante; antes quisiera perturbar al auditorio con dos o tres palabras de carácter más personal.

En el prólogo a mi libro Entre la Iguana y el Colibrí mencioné, de forma apresurada, cómo conocí a Roberto, pero sin hablar acerca de una amistad que se traduce ya en varios años, encuentros, viajes, intercambio de libros, discos y ¿por qué no decirlo? algún prejuicio; en suma, un crecido fuego cruzado de poemas… Alguna vez, en el pueblo de Tlalpan, cuantificábamos nuestra amistad en un ciego cálculo de los litros de café que habíamos bebido juntos.

Sin embargo, hay un momento que yo recuerdo como fundacional de esta amistad, y que con seguridad el poeta también conserva en mente. Regresaba él del Festival de Poesía de Strugga, Macedonia, donde convivió con autores como Yves Bonnefoy, Mateja Matevski, Kama Kamanda y Kupriyanov, así que lo visité al norte de la ciudad, en las oficinas de un diario donde él trabajaba como jefe de la sección cultural. En nuestra plática surgió un nombre que, al paso del tiempo, ha sido significativo en nuestra relación: me refiero a José Lezama Lima. Yo no sólo conocía ya varios títulos del cubano, sino que su obra ocupaba –y sigue ocupando- uno de los sitios más intensos y definitivos de mi experiencia de lector. El caso es que nunca había conocido a nadie que compartiera esta pasión y cuando el autor de Morada del Colibrí se confesó lector lezámico, se despertó entre nosotros un estado de confianza e intimidad que ha crecido con los años, en los que han surgido algunos trabajos compartidos; en varios de éstos, dicho sea de paso, la figura del autor de Paradiso no es completamente ajena, como por ejemplo la edición panameña de las Décimas lezámicas, donde también cabe la mención de otra amistad, la de Ramón Oviero.

Pero la referencia a Lezama no se debe solamente a que, junto con la música y el café, ha sido uno de los puntos cruciales de nuestra amistadPero la referencia a Lezama no se debe solamente a que, junto con la música y el café, ha sido uno de los puntos cruciales de nuestra amistad, un "ábrara” –para usar una metáfora del propio Roberto. Lo recuerdo, además, porque hay cierta anécdota que seguramente lo fascinará al sentirse identificado con la dosis de poesía que ella contiene. Se dice que alguna vez, en el Lyceum de La Habana, Jorge Mañach vio la rúbrica en un manuscrito de Lezama, y dijo: "Su firma revela un refinamiento exquisito”, a lo que el propio poeta respondió: "Sí, pero revela aún más lo bárbaro americano”.

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Entre los epígrafes invisibles de Morada del Colibrí, esta anécdota tendría total cabida. ¿No es cierto que este libro halla varios de sus más vivos alimentos en el aliento americano, donde el mayor refinamiento es un instante de su condición bárbara? No debemos olvidar que su autor ha declarado que, dentro de ese juego que los escritores reconocen como Poética, "la impureza es vital”. En esta divisa se contiene toda su visión de lo que propone en este libro, es decir, sus "poemurales”. La definición de éstos puede resultar inasible merced a su simpleza. Su primera descripción podría ser ésta: "Poemas de largo aliento donde, sin perder cierta unidad formal, conviven varios momentos no sólo de la lengua, sino varios lenguajes distintos”. Diciendo esto, empero, no se llega lejos. Más enriquecedora es la exigencia de ver su fundamentación, o rastrear algunos de los estimulantes problemas que suscita y que con el tiempo sus distintos lectores deberán irse formulando. Trataré de anotar sólo uno de ellos, el cuestionamiento que estos poemas hacen de "la condición lírica”. Aún más, para decirlo no sin cierta provocación: su negación. Me explicaré.

Los poemurales niegan una visión de la escritura que privilegia algún carácter o esencia del fenómeno lírico, como si pudieran existir en sí mismos, a la manera de algo esencial. Ahora bien, esta postura no es un tardío eco de las vanguardias, ni una complacencia en la trasgresión. Apuntan hacia otra posibilidad para el poema: el rescate de un perfil épico que recoge la experimentación de algunas vanguardias del siglo pasado y privilegia la "imperfección” al asumirla como una estrategia -nunca un descuido-, vale decir, como el mayor problema formal con el cual se compromete. A través de la vital impureza, uno encuentra que, para este escritor, los problemas del estilo son algo más que una tarea de oficio; son el descenso hacia una experiencia originaria, en el más estricto sentido de la frase. En esto, como en algunos otros aspectos, su obra me recuerda ligeramente a la de Ezra Pound. No obstante, no me parece correcto ver en López Moreno a un "estilista”, a menos que por tal se entienda: un escritor que vive el libro como una exigencia de integración y búsqueda, lo cual es muy vago. Tampoco se trata de "poesía experimental”. Lo más determinante, lo que alcanza una verdadera intención ontofánica implica la experimentación pero la trasciende; es algo más primitivo y sagrado: el Juego.

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Imperfección, impureza, americanismo, épica, canto, juego.Imperfección, impureza, americanismo, épica, canto, juego… Estas palabras quedan reunidas en Morada del Colibrí a partir de un elemento fundamental, a saber: el poema como acto histórico. Aquí una vez más puede cobijarnos el fantasma lezámico, ya que gran parte de la obra de López Moreno registra batallas y seducciones en el viaje de la Historia hacia la Imagen o, si se prefiere, hacia la Imago. Su respuesta no es idéntica a la de Lezama, aunque está claramente marcada por él. Únicamente hay rasgos comunes que son dignos de ser destacados: en ambos hay una fina visión de los ritmos, las polaridades, las contradicciones, pero ninguno apoya su concepción poética en el dualismo; en ambos existe la sorpresa y el encuentro con una nueva causalidad de, desde y hacia el verbo; en los dos poetas el ser americano es una imagen central que abre caminos operativos, encuentros y memorias del ser vital qua metáfora; en los dos la poesía no sólo es un potens, sino el poder rector de la existencia, de tal suerte que la "realidad” queda subsumida en el poema, una entidad que no por guardar una configuración distinta de lo visible resulta menos orgánica.

Es aquí donde se despliega el otro sentido de la amistad en la poesía de López Moreno. En tanto que no sepa escuchar a la poesía, la historia será una perdición que no logrará separar el tiempo del caos. Así, el poema realiza a la historia sin reducirse a las figuras de ésta. Por ello si la palabra del poeta viene, cesa el "desperdicio del agua nocturna”. Poema e historia se abren en una condición idéntica: la participación. Esta noción no es común dentro de nuestra literatura, donde el nosotros pocas veces alcanza una sinceridad, a no ser dentro del erotismo. En contraste, el nosotros en López Moreno implica una participación de raíz histórica que, sin ser religiosa, tiene fe, esto es: aceptación de una apuesta moral y mortal. Épica es el nombre de tal apuesta.

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En un "poemural” se lee que el cosmos es fundamentalmente ingenuo. Al movilizar esta condición, nace la forma: verdadero personaje, travesía verdadera de esta mirada del poema al ser histórico que es la épica. Mencioné más atrás el nombre de Ezra Pound quien, según Hugh Kenner, es autor de "a potless epic”. Me parece que algo similar puede decirse no de la totalidad de la escritura de López Moreno, sino de Morada del Colibrí. Pero debe advertirse que tal ausencia de tema es la condición de la forma, del juego. De tal suerte que éste último no sólo es un vocablo que segmenta nuestra conciencia de la experiencia estética; termina por confundirse con la historia. Merced al juego, el poema transparenta al ser histórico, hace que los hombres y los actos resplandezcan. Del otro lado, el olvido es su antípoda –pues para López Moreno el poema y el juego son rituales guerreros-; hay una opacidad que mutila la historia e impide que los hombres alcancen la unidad entre el acto, el sueño y la palabra.

Pero lo más sobresaliente de esto, es que el gesto épico dice la posibilidad del encuentro con la respuesta del mundo interior. Esta es la encarnación de la amistad, sin la cual no existe la verdadera poesía. No se trata de negar el ostracismo interior de la escritura, sino de reconocer que cuando la historia se rescata de la opacidad, la relación entre los individuos es entrega y creación. La amistad llega a ser la resolución de ese juego épico, el cumplimiento de esa forma de formas que es el poema. Así, los poemurales son una épica sin tema, pero también una épica de presencias y pasiones: de la amistad hacia el amor, de la amistad hacia el paisaje, de la amistad hacia el canto y de la amistad hacia la experiencia de la libertad… Los espectros de Darío, Lezama, Huidobro, Neruda, Villaseca, Aurora Reyes, José Hernández Delgadillo, Leopoldo Lugones, Siqueiros, López Velarde o Leticia Ocharán, por citar sólo algunos nombres que me vienen a la mente y que se encuentran convocados en las páginas de Morada del Colibrí, se introducen en el juego de las participaciones que el lenguaje es. Sólo hasta ese momento, la mirada solitaria del poeta reconcilia su deseo y su realidad, su mundo y su sueño, su historia y su imagen. En otras palabras: el poeta escribe la amistad entre lo existente, y comienza el canto que le descubre su figura y su verdadero yo como otra forma en el establecimiento de ese juego imperfecto e impuro:

Colibrí:
no sólo somos soles solitarios
no es tan sólo tu ámbito este viento de pie curvo,
la aquiescencia molecular del agua, su ternura,
la voluntad de la piedra,
la energía de la flor abriendo las corolas.
Tu casa es también el río de gente sobre el páramo,
el cadáver de una lágrima,
el cauce seco y la sonrisa,
la palabra que habitamos todos.
Qué sería del paisaje sin el hombre a cuestas,
el hombre sin su hermano, Colibrí,
sin el trabajo.
Somos tu ámbito ave y
tú nuestra casa que vuela.

5

Una última palabra. En Morada de Colibrí se encuentran momentos muy intensos, varios de los cuales representan lo mejor de la obra de este escritor, que sólo puede entenderse si uno tiene la facultad para leer el secreto de la desmesura. Pienso especialmente en el poema Río; de toda la serie, es el de menor extensión y es el que ostenta resonancias personales más asequibles. Como esta presentación desea ser, entre otras cosas, un tributo a una amistad, me permito cerrar como inicié, es decir, con una mención de índole más personal.

Hace poco más de un año viajé con el poeta a su tierra natal. Llegamos al Soconusco y –en medio de recuerdos y recuentos, cantos y poemas- recorrimos varios sitios. Uno de esos días tuvimos un evento en el auditorio de Huixtla, el municipio donde nació; ahí platicamos con varios jóvenes que, una vez silenciada la marimba, estaban emocionados de escuchar a su escritor. Durante aquella noche, el calor no me dejó dormir y sospeché que en el cuarto contiguo también había otro poeta insomne, leyendo o paladeando lo que significaba una noche en esa región a la cual ama y la cual determina su pasión por la desmesura y la humedad –aunque también por la inteligencia de la forma. Casi al amanecer, preferí bañarme para refrescarme un poco, salir del cuarto y dar un paseo hasta el río de Huixtla, que estaba muy cerca del hotel donde nos hospedamos. Caminé no con Kempis sino con Mallarmé bajo el brazo, hasta llegar a un puente. Desde ahí, sentado en unas rocas, contemplé el río, y llegó el amanecer, el arrebol, el sudor tropical. Cuando todo cedía ante ese río modesto y reservado, recordaba las mejores estrofas del poema Río, donde López Moreno nos comparte su asombro por ese "milagro transparente del equilibrio”, por esa "inmensidad que rebulle imponente entre las piedras” o, más modesto, por esa "larga líquida metáfora”. Las hierbas se agitaron un poco; entre ellas caminaba, con discreción, una iguana. Del otro lado ya se podía observar a más de un colibrí. Fue así que pude comprender que me hallaba en el centro de la Morada. Recordé el magnífico verso: "El que tiene la Casa tiene la fuerza”; al hacerlo, surgió una vez más el secreto de la lectura de ese poema, que es además el centro de la amistad: la participación. Entonces entendí cuál era la dicha de esta escritura que hoy celebramos, a la que mi naturaleza alguna vez le reprochó en equívoco silencio su falta de desgarramiento, su completa pertenencia solar.

Pero esta evocación estaría incompleta si no me fuera necesario volver al nombre de Lezama Lima, nuestro punto de partidaPero esta evocación estaría incompleta si no me fuera necesario volver al nombre de Lezama Lima, nuestro punto de partida. Como todos saben, en la tumba del poeta cubano hay una inscripción que constituye uno de sus versos más sencillos, hermosos y penetrantes. Pensando en el americanismo de Roberto, me convenzo de que en la amistad de su persona y de su obra, también puede admitirse el espléndido obituario lezámico que es el siguiente:

Porque nacer aquí es una fiesta innombrable...

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