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POEMURALISMO

UN BARDO TELÚRICO
Mirada a los Poemurales observando a su autor (fragmento)
Adolfo Castañón
Texto tomado de La Jornada Semanal (16 de julio de 1995).

Hace unos diez años acompañé a Roberto López Moreno a realizar la presentación de su libro Yo se lo dije al presidente en su nativa Chiapas. De los varios actos a que asistimos, recuerdo principalmente uno, la comida en casa de un profesor a las afueras de Tapachula. Al finalizar el banquete se inició un torneo poético, el primero al que yo asistía en persona. Cada invitado, por turno, se puso de pie y declamó o dijo un poema suyo o de otro autor. Después de la primera vuelta, hubo una segunda que se convirtió en un duelo, en un mano a mano entre cuatro de los invitados. La imagen quedó en mi memoria: cuatro hombres de pie en medio de un círculo recitaron por turno poemas de memoria -Darío, Asunción Silva, Pellicer, Sabines- mientras alrededor la noche caía e iba borrándolo todo menos las cuatro guayaberas blancas de los que recitaban.

Uno de ellos -quizá el más inspirado y el que más memoria tenía- era Roberto López Moreno, nacido en Huixtla, Chiapas, en 1942 y autor de 15 ibros y conjuntos de poemas, hoy reunidos en De la obra poética, resultado de una trayectoria sostenida que va desde 1969 a 1994. Tal vez por este recuerdo la imagen que tengo del autor de Décimas Lezámicas es la de un bardo. Robert Graves -otro Roberto- nos dice en La diosa blanca que entre los celtas la poesía era una religión cuyos rudimentos los niños y jóvenes aprendían bajo la tutela de los druidas, poetas, magos y sacerdotes. La enseñanza de los druidas consistía, entre otras cosas, en hacer aprender de memoria a los discípulos los poemas tradicionales y los atributos de los dioses y los héroes. También enseñaban a los jóvenes el arte de tocar la lira y de reconocer los ritmos apropiados para cada cuento y cada canción. El poeta se iba así preparando para el arte de la improvisación, el arte mayor entre los druidas: la producción en público de poemas extensos, perfectamente medidos y rimados y que respondían a los patrones métricos tradicionales. El poeta druida curaba con sus canciones -no me extrañaría que en la obra de López Moreno hubiera estas virtudes terapéuticas-, era capaz de imitar los ritmos y ruidos de la naturaleza y de hecho una de sus hazañas consistía en contar la historia del mundo desde su origen.

La voz poética de López Moreno enuncia y canta desde el origen. Desde el origen del mundo, claro está, pero también desde el origen del lenguaje. Volcánica, telúrica, canta la tierra pero sobre todo el origen de la tierra y se remonta por fuerza al espacio mítico de la unidad originaria.

Un espacio, por cierto, hispánico e hispanoamericano, impregnado de las voces indígenas y de las huellas regionales de su Chiapas, enunciado a través de un lenguaje también hirviente y tumultuoso, elemental, barroco, que desborda las formas tradicionales -aunque las domine, como prueban sus décimas y sonetos-, un lenguaje que busca un movimiento, una sintaxis propia, inventa palabras, hace poesía con ecuaciones, prende en el ritmo del hilo jitanjáforas y palabras-maleta, exclamaciones, onomatopeyas y nombres prehispánicos de flores y animales, en una sinfonía que él llama Poema Mural o Poemural.

López Moreno se inscribe desde luego en un linaje específico de la poesía hispanoamericana y que, para darme a entender aquí, llamaré expresionismo-barroco: es la idea formal, la línea que viene desde el último Darío, de Huidobro y César Vallejo, pasa por Pablo Neruda y por Pablo de Rokha, se reitera en Oliverio Girondo y en Efraín Huerta, se encauza por la poesía negra de Nicolás Guillén y cristaliza en la poesía y en la prosa de José Lezama Lima -una de las claves líricas fundamentales de López Moreno, junto con Vallejo y Neruda. Es una línea vanguardista pero no cerebral sino telúrica, no geométrica sino mágica, menos lírica que épica y humorística. López Moreno es uno de los pocos poetas contemporáneos con sentido del humor, aunque no con el humor agudo y aun amargo de un Borges o un Villaurrutia o un Mastronardi, sino con un humor más desmesurado y titánico, con una risa de tropical Polifemo y de cíclope carnavalero. No hablo, desde luego, de influencias, sino de espacios literarios -el de López Moreno- donde conviven y en todo caso son canibalizadas otras voces, pues Roberto, como buen volcán, es un devorador y en su obra se funden formas y voces, paisajes y perfiles, música, color, danza, imagen y ritmo.

Esta fusión no sería posible si en él no estuviesen activos dos elementos: el primero, una sensibilidad rítmica que sincopa la palabra en sístoles y diástoles, tenaces y pulsátiles ondulaciones (no es casual que López Moreno prefiera los versos largos y el verso blanco a pesar de dominar los breves) mediante las cuales hace comprender al lector una intuición para él fundamental: que el lenguaje es una serpiente, el verbo una iguana palpitante, la palabra un reptil, un saurio remoto, inasible y, como él, elemento, piedra hecha sangre.

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Un colibrí en la pared
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