Libros nuevos de Roberto López Moreno
Comprar libro en Ala de Avispa Editores

PERIODISMO

JUAN DE LA CABADA, EL MÁS JOVEN DE LOS JÓVENES
En el 2003 se cumplieron 100 años de su natalicio

Juan de la Cabada era el juego hecho talento, inteligencia, creatividad; era la inteligencia, el talento y la creatividad convertidos en el eterno lúdico. Ser amigo de Juan de la Cabada era jugar con el cielo, la tierra y con todo lugar; era la carcajada sonora y la preocupación por el hambre, la desolación y la tragedia que desde siempre han azotado al pueblo de México.

Por virtudes de su literatura Juan Padre, Juan hijo, Juan espíritu non sancto, este personaje se multiplicó hacia los cuatro puntos cardinales de nuestro sentir y nuestro pensar, de nuestro ver y nuestro oír. Haber conocido a Juan de la Cabada, haber sabido de él en nuestro tiempo, nos convirtió en seres privilegiados que podremos contarle a nuestros descendientes de qué manera caminó alguna vez por las calles de México la alegría.

¿Este es el juego de Juan Pirulero? Nada, nada. Este es el juego de De la Cabada, juego fuego, juego y luego México con entraña abierta en las páginas de cada libro en donde leíamos desde La llovizna hasta Maitía, de día y de noche, de noche y de día.

Como al campechano de mi evocación, a cada uno de nosotros, y con él, nos vinieron a vender un santo con marco de nogal y con vidriera, y después que él, también preguntamos qué santo era y era el santo más cabrón de la pradera. Fue mi amigo, mi gran amigo, con el jugué siempre a recomponer el tiempo, pero el tiempo era él y terminó siempre, recomponiendo mis ideas de la literatura y de las luchas de la sociedad en plena vía pública, como si fuéramos hombres de la calle, y él lo era, ¡claro que lo era! Juan del calabozo, Juan de La Internacional cantada desde el centro mismo de la mazmorra, Juan del saquito y del pantaloncito a rayas, aquel mismo Juan que cuando un general entorchado valiéndose de su situación de ventaja sacó el sable con ánimo de pocos amigos y amenazó a un grupo de comunistas encarcelados preguntándoles ¿A ver quién es muy macho aquí?, respondió sin dudar ni un segundo: “Usted mi general”.

Ese amigo mío fue el primero que me acercó a los secretos técnicos del guión cinematográfico y quizá en una aguda actitud crítica, quién lo pudiera saber a estas alturas, dejó abandonado sobre una mesa de café; el primer guión cinematográfico que yo había escrito en mi vida (y el último) y del cual no había tenido la preocupación de sacar copia alguna, quizá para beneficio de la humanidad.

Aquel jovencito de ochenta y tantos años de edad me visitó varias veces en una casa que tuve en Ciudad Satélite; en dos ocasiones, con motivo de una charla larga, interminable, llena de fantasías y de realidades fantásticas, el tiempo nos jugó una mala pasada, pero Juan que era el tiempo mismo arregló su tiempo con el tiempo –sabia virtud de la que Renato Leduc hacía gala repitiéndonos soneteramente el tiempo, pero sin la cuenta de Miguel de Guevara- decidió quedarse a dormir en las entonces heladeces del Estado de México, y entonces el tiempo se convirtió en un largo témpano pero con una brasa en el centro.

Traca Traca Tracatraca, jijos de la matraca, había gritado Juan en las calles de las gestas cívicas; de ahí venía como otros veníamos de hechos más recientes en los que también habíamos tenido que enfrentar la furia del granadero y del artero agente que nos enviaba el poder para decirnos que éramos ciudadanos incómodos, indeseables, mal portados. Y como gente que veníamos de un tronco común nos fascinaban los relatos que él nos hacía de aquellos episodios en los que los actores habían sido José Revueltas, Fermín, Aurora Reyes, Siqueiros y líderes obreros, y líderes magisteriales y líderes agrarios, y Valentín Campa y Hernán Laborde.

¿Cómo conocí a este joven incansable? Fue el compositor Juan Helguera quien me lo presentó hace ya algunos siglos. De pronto, frente al café en donde nos encontrábamos, en el Paseo de la Reforma, se detuvo un taxi y de él bajó un hombre de larga cabellera blanca, de un rostro risueño que mucho tenía que ver con los estereotipos de los abuelos convencionales que habitan cuentos y leyendas. Su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante denotaba el paso de muchos años pero había una energía superior que se manifestaba en los movimientos ágiles y en aquella sonrisa luminosa que nos dedicó. Helguera se levantó a recibirlo y dirigiéndose a mí, me dijo: “te voy a presentar a mi hermano...”

El mismo Helguera más tarde me sugirió en alguna otra página de aquel café que realizara un largo ensayo con el nombre de “Los Juanes de México”. En su idea giraba la intención de capturar en sólo un haz toda la fuerza de nuestra mexicanidad desde la literatura misma concentrándome en los que para él eran los Juanes de México: Juan Rulfo, Juan José Arreola y Juan de la Cabada. Aquel ensayo nunca lo hice pero pienso que si alguna vez hubiera sido realidad tal trabajo literario hubiera llevado forzosamente, como música de fondo, el tintineo guitarrístico de Juan Helguera y así, tal ensayo hubiera seguido siendo, verídicamente, el de los Juanes de México.

Chin Chin, la noche de Amín. Malos recuerdos que también se guardan. Resulta que posteriormente adoptamos la costumbre, de la Cabada y yo, de vernos cada 15 días o cada tres semanas. Más o menos a la hora en la que yo terminaba mis labores reporteriles, Juan de la Cabada llegaba hasta la redacción del diario La Prensa, me esperaba los últimos minutos que restaban para mi libertad de esa noche y nos íbamos muy contentos a tomar café en el Kiko que se encontraba muy cerca del diario, sobre la calle de Puente de Alvarado.

Pero en la noche del mal recuerdo, en el momento en el que nos disponíamos a salir, llegó a buscarme un ser monstruoso que algún puesto tenía dentro del poder judicial. Él había ido a visitarme en alguna ocasión, no sé por qué motivo seudoamistoso, pero esta vez no me percaté del estado de ebriedad en el que se encontraba; le dije que me disponía a salir con el escritor y él entonces me respondió que nos invitaba a tomar una copa en El Horreo, restaurante-bar que se encuentra en el lado poniente de la Alameda Central.

Me disculpé de no poderlo acompañar pero entonces Juan, siempre tan caballero, me dijo “acompañemos a tu amigo”. Así pues, llegamos a El Horreo. El megaterio del que hablo tenía asignado el nombre de Amín. Al llegar a las puertas del lugar ni siquiera acomodó el lujoso coche en el que viajamos dos cuadras y media; lo dejó a media calle (Dr. Mora) con su placa de poder judicial y ya. Entramos al expendio de espiritualizadores y el sujeto de inmediato ordenó “tres vodkas para tres”. Juan de la Cabada no bebía y sin embargo, dio dos pequeños, brevísimos, minúsculos sorbitos a su vaso. El monstruoso sujeto empezó a dirigirse a nosotros con absoluta falta de respeto (“órale viejito, tómesela”) que terminó irritándome; me levanté de la mesa junto con Juan. El sujeto no quiso pagar la cuenta, ni Juan ni yo teníamos dinero; rasqué en mi bolsillo las pocas monedas que traía, alcancé a librar la cuenta y salimos a la calle con el Amín ese a nuestras espaldas. Gritaba, vociferomanoteaba y hasta llegó a estrellar su vaso sobre la acera. Nosotros, por nuestra parte, aligeramos el paso bajo los gritos del borracho. Al pasar frente a la Pinacoteca Nacional salía de ella la gente que había asistido a uno de los conciertos que allí se daban. Juan me dijo en voz baja: “sólo falta que salga de aquí algún conocido mío”. Terminando de decir esto, casi al unísono, como cinco o seis voces dijeron con entusiasmo “¡Mi querido Juan de la Cabada!”. Con todo y eso las mentadas de madre del abominable Amín eran más poderosas en el centro de aquella desafortunada noche.

Desde entonces, cada vez que Juan y yo nos encontrábamos, él, sonriente como siempre, externaba con voz profunda y cavernosa un: “¡Ay hermano!, ¿te acuerdas de la terrible noche de Amín?” Por entonces estaba de moda un, no por ridículo menos sanguinario dictador africano de nombre Amín Dadá. En efecto, la nuestra había sido “la terrible noche de Amín”.

Tacán-tacán-ché. Ti it man schuqué. Tan-kan-cab. Tireró, jen-jen. Y había más, mucho más, en palabras mayas que Juan de la Cabada recordó para mí y que formaban parte de sus “Incidentes Melódicos del mundo irracional”, publicado por primera vez en 1944, más tarde, ya en nuestro tiempo, si mal no recuerdo, por la Editorial Extemporáneos, y recogido finalmente en las obras completas que le publicó la Universidad de Sinaloa.

Resulta que me encontraba en la elaboración de un cuaderno que recordaría, por medio de diversos testimonios, a Silvestre Revueltas, por entonces tan olvidado, tan excluido de toda consideración en nuestro medio musical y en el mundillo de nuestra cultura en general. Sumaba testificaciones de personajes que habían convivido con nuestro más excelso compositor. Así fue como le pedí a Juan un texto con esas características y él, siempre generoso, me entregó dos cuartillas y media en donde recordaba aquel pasaje en el que se veía una vez más atravesando el Atlántico, compartiendo camarote con Revueltas para ir a ofrecer su solidaridad a los combatientes de la República Española, en nombre de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, de la que el músico era dignísimo presidente. En las dos cuartillas y media Juan recordaba: “En esa ocasión yo acababa de escribir “Incidentes melódicos del mundo irracional” y una noche, durante la travesía, en el camarote que ocupábamos ambos empecé a relatarle la obra con sus líneas musicales. Silvestre permanecía en su litera, recostado sobre sus grandes espaldas, sin ponerme atención aparentemente y sólo emitía un despreocupado ah, ah, ah.

“Pasó el tiempo, y ya en la ciudad de México, tres años después. Silvestre me llamó a su casa para pedirme la historia y los motivos musicales, pues tenía el encargo de una obra para el Ballet de Monte Carlo. Yo había extraviado el manuscrito cuando aquella estancia en Europa, durante un viaje de España a Francia. En un cambio de trenes había perdido hasta el equipaje.

“Asistí a la cita con Silvestre y de un tirón volví a reconstruir la obra que más tarde, en 1944, fue editada con 40 grabados de Leopoldo Méndez. En ese empeño estábamos cuando nos habló Pablo Neruda porque quería que fuéramos a su casa. En la casa de Pablo bebimos largo rato hasta que decidí retirarme; Silvestre se quedó. Al otro día Pablo me invitó a comer a su casa pero Silvestre ya no estaba. Pregunté por él y Pablo me respondió que de pronto había huído del lugar y que no se sabía en dónde se encontraba.

“El día en el que volví a escribir los “Incidentes melódicos del mundo irracional”, fue la última vez que estuve con mi amigo; pocos días después volvió a hablar el mismo Pablo para decirme que Silvestre había muerto”.

Lero, lero y lo dije primero, este no es el juego de Juan Pirulero, este es el gran juego con la vida y la muerte de Juan de la Cabada, el que nos sobrevivirá. Y jugando jugando yo le vi jugar con Mario Orozco Rivera convertidos ambos en dos niños traviesos. Cuando el pintor, de quien puedo asegurar fue uno de los que más han querido a Juan, veía llegar a éste, se convertía automáticamente en un niño para jugar con su amigo. Yo vi jugar a los dos niños como dos hombres adultos; vi jugar a los dos hombres como dos niños traviesos por cuyas vidas había transitado muy buena parte de la vida política contemporánea de nuestro país. Vi a Juan una vez descender del auto en el que viajábamos y como un relámpago de apenas ochenta años de edad dirigirse a la siguiente portezuela para ayudar a salir al treintón Manuel Blanco. El auxiliado ni las gracias dijo; dijo: “me ganó, me ganó, si yo era el que le iba a ayudar, qué lento me vi”.

Es que por Juan no pasaba el tiempo porque él era el tiempo, porque él es el tiempo. Rescato de mis néblicas visualerías la siguiente anécdota: Resulta que una vez un grupo de artistas y algunos investigadores en asuntos humanísticos realizaban un viaje por Campeche y llevaban a Juan como su acompañante principal por ser éste oriundo de aquella ciudad. En un momento del viaje uno de los integrantes del equipo se puso mal, aullaba y se retorcía y no se sabía si era espuma o el dentífrico de la mañana lo que echaba por la boca.

Asustados sus acompañantes fueron por un médico y el diagnóstico de éste fue que aquel pobre hombre llevaba ya varios meses sin auxilio de mujer. Sabiendo ya cual era el mal Juan de la Cabada se ofreció a dirigir el grupo al sitio en donde podrían encontrar la cura para el agitado enfermo.

Entusiasta nuestro escritor asumió la capitanía y de inmediato se lanzó a la exploración en busca del auxilio ansiado. Al enfermo lo llevaban a cuestas, retorciéndose; adelante iba Juan, conduciéndolos por callejuelas apartadas, cada vez más sospechosas. Hasta que por fin llegaron al supuesto lugar del remedio. Juan se adelantó, con cara de conocedor tocó la puerta y al poco tiempo apareció el rostro de una anciana que con tono de conmiseración le dijo: “ay Juanito, te volviste a equivocar, no era aquí, era la casa de enfrente... y hace como treinta años que la cerraron...”

Tacán-tacán-ché./ ti it man shcuqué./ Tan-kan-cab./ tireró,/ jen-jen./ Ayer, 27 de septiembre,/ enterramos a Juan de la Cabada/ en el Panteón de La Piedad,/ con los puños en alto y cantando./ Cuánto amor cantó ayer/ con la vida de pie, en el cementerio,así relataba su entierro, en un poema que escribí dentro de la ficción de su primera muerte. Aquel niño de 83 años, aquella vez quiso jugar a que se moría y ahora quiere jugar a que no morirá nunca; jugó a las cárceles y jugó a las libertades de las calles manifestantes; jugó a guionista de cine y jugó al gran escritor que fue, que sigue siendo; jugó a campechano y al mismo tiempo a que su patria era el planeta, a que su hermano era Juan Helguera y a que sus hermanos eran todos los pobres del mundo. Así, jugando jugando, nos llevó desde Gogol hasta al santo más cabrón de la pradera. Ahora yo juego, Juan, tú que juegas al talento, a la inteligencia, a la creatividad, ahora yo juego, Tacán-tacán-ché. Tireró je-jen, juego a que en este tiempo y en este espacio, mi tinta, aunque precaria, y más, y más todavía, vuelve a dibujar la salud de tu sonrisa.

Subir
Índice Sitio Roberto López Moreno
Periodismo - Siguiente
Síguenos en el Facebook Roberto López Moreno