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CUENTOS

Reflejos del Polígono

En alguno de los ángulos del pentakismyriohexquisquilioletracosiohexacontapentagonalis, el escritor Estañol se encuentra en el trance de dominar la difícil primera mitad de su primera página. Consulta algunos libros que mantiene en cercanía, abiertos, marcados, aplacadas las páginas con alguna regla de metal, recurre también a algunas notas hechas a mano y revisa lo que lleva escrito para domar con mayor eficiencia la enigmática parte de la hoja completándose, el famoso terrífico por elástico y prelaberíntico (para insistir en la preparoxitonía) espacio en blanco que hay que llenar donosa y sapientemente. En otro muy distinto ángulo del polígono, Edgar Allan Poe revisa la noticia de su supuesta muerte, recargado en un poste de una callejuela de la ciudad de Baltimore, primera cuadra de La Fayette, cerca de la entrada al viejo cementerio. Lee entre burlesco y preocupado -los rasgos faciales no dan una denotación definida de lo que mueve esos gestos-. Lee, lee la noticia de un alcohólico encontrado en una oscura calle de esa ciudad, ahogándose entre vómito y lodo y luego, sobre su traslado al modesto sanatorio en donde murió (un viejo largo y oscuro edificio de piedra, en donde sólo se atiende a negros y a gente de muy bajos recursos), el Washington College Hospital, donde un doctor Morán asienta que el individuo del caso se encontraba en delirium tremens. Quizá su situación se debió a su inclinación por el alcohol y el opio. El pentakismyriohexquisquilioletracosio… etc., con eso de que nada hay estático en el universo, produce un entrecruzamiento de ángulos que… quizá con la ayuda de las conjeturas y abstracciones de Euler pudiésemos… quizá… El caso es que en los espacios enfrentados de las 56 caras y bajo el efecto de la necesaria energía angular, se produce de pronto una alteración de tiempos y situaciones que permiten el desdoblamiento de los personajes y su entorno. El escritor Estañol, pluma heredera de quienes, felizmente para el resto, proceden de una aguda hipopotomonstrosesquipedaliofobia, lo que permite inequívocamente el benéfico ahorro de tinta, escribe la última frase del párrafo que en estos momentos le entarea: “la imaginación no es sino la distorsión deliberada de la memoria”… Levanta la mirada hacia quien curioso le observa y desde el sillón de enfrente Edgar Allan le obsequia la luminosidad de una sonrisa.

-Cómo fue aquello del desser en Baltimore –Pregunta con naturalidad, como si hubiera estado esperando la presencia del otro.
-¡Oh misterio! –le responde Edgar, siempre sonriente.
-Estamos en la ciudad de México, en el siglo XXI, ¿lo sabes?
-Lo había intuido, ya me esperaba alguna de esas cosas raras que nos pasan a los poetas –Contestó con desparpajo el interrogado.
-Quisiera que volviéramos al episodio de Baltimore.
-Qué es lo que exactamente quieres saber?

Repentinamente Edgar Allan se percata de que está hablando al vacío. El escritor Estañol ya no está frente a él. “Todo fue una visión fugaz, no más que eso, una ilusión óptica”, piensa el bostoniano. Se levanta, camina hacia donde creyó haber visto al escritor Estañol. En su lugar se encuentra un mazo de papeles impresos en máquina de escribir, “aquí no han llegado aún las computadoras”, piensa. Lee la hoja de encima: Los poetas malditos de México (la epidemia baudeleriana) y las iniciales del autor de ese cerro de papeles, X del C. Se siente dueño absoluto del espacio en el que se encuentra. Se acomoda en el sillón acolchonado del escritor Estañol. Empieza a mover los papeles con el dedo índice…

En la siguiente hoja está impreso el nombre completo del autor, Xorge del Campo. Lo registra y se atreve con el primer párrafo: Ya se ha dicho que hace falta un estudio de nuestro poetas malditos. ¿Quienes fueron en realidad Bernardo Couto Castillo, Atenor Lescano y otros? ¿Portavoces de una secta literaria exclusivista y fanática? ¿”Gato negro” de la neurosis artística? No lo diríamos bien a bien. Tenemos por cierto, una referencia, que el arte es la hostia de los elegidos, “hecha de pasta de hashish” –dice Jesús Urueta en una carta dirigida a José Juan Tablada y publicada hacia 1893 en “El siglo XIX” con el título de Hostia-, de panales de Himeto, de lo que usted quiera, pero siempre hostia. Jesús Urueta se queja aquí con Tablada de la existencia de poetas en México que siguen las malas enseñanzas de individuos como Poe, Baudelere y otros, y les llama con desprecio y escándalo: la epidemia baudelariana, la que recibe una reacción violentísima de muchos periodistas de la época, guardianes imperturbables de las buenas costumbres de la familia mexicana.

A Edgar Allan le despierta interés el rimero de hojas que está leyendo y su asociación con el apellido Baudelere y decide continuar. Nunca antes había oído los nombres que ahora está descubriendo y algo le hace sentir como si estuviera respirando dentro del cuerpo espiral de un largo eco. Con la ayuda de los tiempos trastocados por el pentakismyrio… por el polígono, en el siglo de un minuto, Edgar ha leído ya todo el legajo en tan solo la eternidad de una hora. Tiene varios nombres registrados ya en la reciente memoria. Se levanta después de haber cercenado un fragmento de aquellos papeles para guardarlo en una bolsa de su saco. Lo dobla en la parte que dice …la euforia deliciosa de un ensueño inefable/ cuando sueño con ella, que a mi lado temblaba/ llena de hondos temores y en su seno albergaba/ junto al Cristo sagrado, mi cabeza culpable… Sale a la calle y busca su nombre para ubicar el sitio en donde ha estado. En la placa clavada en la esquina lee que se encuentra en la calle de La Fayette cerca del cementerio en donde se ubica su propia efigie. Cuadras adelante, en pleno cruzar de tiempos (¿Siglo XXI? ¿Octubre de 1849? Polígono con sus 56 lados y sus correspondientes ángulos actuantes), el neurólogo Estañol cruza del John Hopkins Hospital, hacia el viejo edificio que alberga al Washington College Hospital. El neurólogo Estañol coincide con Arno Karlen. Estañol asienta que se ha cometido una injusticia con el poeta al tenerlo como alcohólico, eje de libertinajes, se asoma al diagnóstico de Karlen en el sentido de que el personaje de esta historia “carecía de la enzima hepática aolcoholo-deshidrogenasa, la que detoxifica el alcohol de la sangre. Considera también, el neurólogo Estañol, y así lo asienta, la hipótesis de que Poe sufría ataques de una forma de epilepsia no convulsiva que se desencadenaba con la ingesta de alcohol, una forma de epilepsia del lóbulo temporal, que se caracteriza por desconexión, incoherencia y automatismos motores de la boca y las manos y de ahí su extrema sensibilidad al alcohol, “sin que fuera el alcohólico que la leyenda ha creado injustamente”.

Ahora Edgar Allan Poe, en su tiempo, dueño de los tiempos, discute con uno de sus críticos que le ha acusado de plagiario a la vez que le recrimina y le asegura que el horror en la literatura no ha sido creado por él, que procede de Alemania.

-Yo se lo afirmo –sostiene el crítico- el horror viene de Alemania…

-El horror –responde Poe con los ojos clavados en la lejanía- viene del alma.

“El horror viene del alma”, lee el escritor Estañol en su estudio, de donde no se ha movido desde hace varias horas. Levanta la vista para descansar un poco. Ve con extrañeza que ha desaparecido de su sitio el búho que desde hace tiempo lo ha acompañado como adorno del mobiliario. En su lugar canta levítico un ruiseñor con acento de tiempo mientras un vibrante colibrí toca con su pico la vidriera.

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